
Querido lector, amigo y hermano: Quizá todavía no lo recuerdes, pero antes de encarnar, de venir a este plano o lo que es lo mismo de nacer, firmaste un contrato. Un contrato de Amor. Y ese contrato es algo muy real. De hecho sus términos contienen todo aquello que pactaste con Dios que querías experimentar una vez que estuvieses aquí. Es decir, donde ahora estás: en la Tierra.
En tu contrato de Amor aceptaste una serie de pruebas, experiencias, vivencias y personas con las que una vez aquí te encontrarías (o más bien te reencontrarías) con el fin de poder aprender en tu camino, en vuestro camino, de luz y de Amor.
Seguro que en este momento de tu vida ya has experimentado muchas de ellas y también te has reencontrado con muchas almas con las que tenías un “pacto de Amor” para el mayor bien de todos los involucrados. Pues has de saber (o recordar) que todas y cada una de tus experiencias son en realidad una maravillosa oportunidad para aprender y crecer. Todas, sin excepción. Y eso incluye, por supuesto, también aquellas que consideras más difíciles y dolorosas.
Querido lector, amigo y hermano todo forma parte de un maravilloso Plan Divino más grande, mucho más grande que tú y que todos nosotros (como la Unidad que somos) que está perfecta y divinamente diseñado por el Amor, por Dios, para que cada uno de nosotros y a nuestro propio ritmo (es decir, conforme a nuestra evolución de alma) podamos dar los pasos necesarios para el despertar de nuestro corazón.
Un despertar que supone el retorno al Hogar. El Camino de vuelta a Casa. A ese lugar del que procedes y al que perteneces (siempre lo has hecho y siempre lo harás) puesto que es tu Origen. El Origen. Y en ese lugar solo hay Amor. Lo mismo que eres tú: solo Amor.
Y en eso consiste el Camino. En volver a ese Amor que te creó y al que tanto deseas y anhelas regresar. Algo que independientemente de lo que todavía te pueda decir tu mente externa, tu ego, tu alma sí recuerda a la perfección. Y el que eso pueda suceder pasa irremediablemente por que vuelvas a conectar, o de nuevo a reconectar, con tu propio corazón. Un camino que pasa por ir hacia dentro, donde se encuentran todas y cada una de las respuestas que tanto deseas, en lugar de seguir buscándolas fuera de ti.
Por eso (y puesto que en verdad eres mucho, muchísimo más, que un cuerpo) firmaste el contrato necesario antes de “bajar”. Así como firmaste también acogerte a las reglas del “Juego” que pasan por aceptar que, una vez aquí, no te acordarías de todo esto con el fin de que tu decisión sea libre y desde el Amor más puro de tu corazón.
Es así también para poder respetar el libre albedrío con el que fuiste creado (eres y siempre serás un ser libre para decidir cómo quieres vivir, qué decides pensar, qué creencias aceptas como creadoras de tu realidad y cuánto tiempo deseas experimentar la dualidad (es decir, el sufrimiento fruto de la separación) antes de tomar la decisión de salir de ella. Y, por tanto, de la ilusión para volver a Ser Uno con Dios. Quien, desea que recuerdes que habita (y siempre lo hará) dentro de ti. En tu corazón.
Y esto es así porque a Casa, a tu corazón, solo puedes volver cuando tú mismo te sientas preparado y te des el permiso necesario (y siempre libre) para llevar a cabo tu proceso interior. Un proceso maravilloso que te convertirá en un valiente buscador de la Verdad. Pues lo cierto es que a eso has venido.
Querido lector, amigo y hermano: los tiempos son perfectos. Los del Cielo. Y por eso no importa si ya has recordado o no que para cumplir con tu deseo más elevado, volver al Amor, dispones de un tiempo ilimitado (en verdad esa es la esencia del tiempo). Pues solo en este plano entendemos el tiempo como algo limitado (forma parte del juego), pero quizá de lo que sí ha llegado la hora es de que recuerdes que eres un ser multidimensional (e ilimitado) al que nunca te faltará tiempo para hacer nada que sea importante o necesario para seguir creciendo en el Amor, independientemente del plano en el que ahora te encuentres.
Y esto es así porque lo que seguro sí ha llegado la hora de que recuerdes es que el alma nunca muere. Y que, en realidad, cuando dejamos el cuerpo físico que habitamos para poder experimentar la vida en esta dimensión, lo único que hacemos es cambiar de plano, de dimensión, de frecuencia… y en todas ellas, seguimos creciendo en el Amor.
La buena noticia es que tu alma sí recuerda. Lo recuerda todo, de hecho.
Y por eso el Camino de vuelta pasa por permitirle tomar las riendas de tu proceso (y de tu vida) para que pueda inspirarte amorosamente y guiarte de la misma forma hacia aquellas experiencias o personas que pueden facilitarte el Camino. Es decir, acompañarte para que te resulte más sencillo a sabiendas de que tu Camino de vuelta a Casa es personal e intransferible. Es decir, que nadie puede recorrerlo por ti.
Un Camino para el que, eso sí, siempre has estado, estás y siempre estarás divinamente guiado, sostenido, protegido y amado allí y aquí. Es decir, en el Cielo y en la Tierra. Pues tu corazón sabe que el verdadero Camino es unir ambos para vivir lo de allí aquí. Es decir, el Cielo en la Tierra.
En verdad, querido lector, amigo y hermano llevas muchas vidas a tus espaldas. Has acumulado infinidad de experiencias a lo largo de tus encarnaciones y has aprendido mucho, muchísimo, en el que es tu “viaje álmico”. De lo contrario, no habrías decidido estar aquí y ahora viviendo la Ascensión de la Tierra. Y, por ende, de toda la Humanidad que en ella habitamos.
Y, a lo largo de todas tus encarnaciones, te has ido encontrando con muchas otras almas por lo que es posible, que también esta vez hayas decidido reencontrarte con ellas para vivir determinadas experiencias (y esto es digno de ser recordado en todo momento) que siempre han tenido, tienen y tendrán como objetivo que ambas partes podáis crecer a través de ellas en el Amor.
En algunos de esos encuentros experimentarás solo Amor… ¡qué maravilla! Y esto es así puesto que esa persona y tú lleváis en verdad muchas encarnaciones juntos y, a lo largo de ellas, ambos habéis logrado superar muchas pruebas, habéis vivido muchas experiencias y habéis conseguido sanar muchas cosas juntos que os han ido acercando cada vez más al Amor Original, al Amor Incondicional que ambos sois (todos los somos). Por eso, cuando reconozcas a esas almas en tu presente, agradece y bendice pues se trata de una bendición divina firmada por ambos antes de venir.
En otras ocasiones y a lo largo de tu vida también te encontrarás con almas con las que firmaste un pacto siempre de Amor, pero a sabiendas de que vuestra relación todavía requiere de limpieza y sanación, perdón y liberación, para que a través de vuestro reencuentro podáis perdonaros mutuamente (al nivel del alma. Es decir, siempre desde el corazón).
Perdonaros (o al menos perdonarte a ti mismo cuando te sientas preparado para ello y te le des el permiso necesario a tu alma para que así sea) por todo aquello que en ocasiones anteriores aún decidisteis (conforme a vuestro nivel de conciencia) ver y vivir desde la separación. Es decir, desde el miedo que hace que el Amor esté condicionado por el apego característico de la dualidad, y por tanto viendo, de la ilusoria separación con el otro (lo que sucede cuando te encuentras desconectado de tu propia esencia divina, de tu corazón).
Por eso, cuando reconozcas a esas almas en tu presente, agradece, bendice y aprende…. Nunca dejes de aprender con la certeza de que también esas experiencias y personas son en verdad una bendición divina, en forma de nueva oportunidad, para que esta vez sí aprendas a amarte y puedas amar a esa persona desde la incondicionalidad.
Querido lector, amigo y hermano: eres un ser divino. Una chispa de luz y Amor que solo contiene eso, recordando que esto es así. Y para que puedas aceptar y sentir esa verdad antes debes estar dispuesto a mirar, ver, abrazar, enfrentar, sanar, perdonar, liberar, transmutar, soltar y trascender todo aquello que te estaba haciendo creer lo contrario.
Y en eso consiste el Camino de vuelta a Casa. En dejar de tenerte miedo a ti mismo. A tus sombras. A tus heridas. A todo aquello que aún no has sanado. A todas esas experiencias que en su momento no pudiste ver desde el Amor y a todas aquellas almas que son lo mismo que eres tú en esencia, pero que aún ves separadas de ti.
Por eso, no puedes amar a otro ser si antes no te amas a ti mismo. No puedes dar a nadie aquello que antes no te ofreces. Y no puedes amar a Dios si no te amas a ti porque, a imagen y semejanza fuiste creado y para amarle a Él tienes que aprender a amarte a ti. Y hacerlo completo. Pues en verdad nunca has estado, no estás ni podrás estar jamás separado de Él. Al igual que tampoco lo estás de tus hermanos (y todos lo somos).
Por eso, el Camino de vuelta a Casa es, en verdad, el Camino de vuelta a ti. A tu propio corazón. Y ese Camino pasa por responsabilizarte y entender que nadie te hace nada y que en verdad todo responde a tu verdadera velocidad de conciencia (que no es otra cosa que lo profundo que te permitas ir hacia dentro para ser transformado por la Luz Divina). Y eso muchas veces no es en el nivel que tú crees estar, si no en el que verdaderamente estás. Algo que solo podrás saber y sentir con total honestidad cuando decidas dejar de sufrir y te rindas a la Divinidad que te habita.
Cuando tomes la decisión de querer ir hacia dentro y despertar tu corazón de la ilusión para poder ver la Verdad (porque a eso también has venido). Y cuando tomes la decisión de responsabilizarte de verdad de tu vida y dejes de buscar fuera los culpables (las causas) de tu sufrimiento para entender que todo está en ti. Y cuando aceptes también con humildad y rendición que ves la vida y la experimentas conforme a tus ideas y creencias, es que podrás comenzar a sanar tus heridas y a darte el permiso de ser transformado para crecer en la Luz Divina y el Amor que eres.
Así es como podrás dar los pasos necesarios para reconectarte contigo mismo, con el corazón que Dios creó y al que espera (y siempre lo hará) paciente, compasiva, amorosa y misericordiosamente.
Y esto es así porque ese es tu destino y el de todos nosotros: Su más perfecta y amada Creación.
Gracias. Gracias. Gracias.
Fuente: Estefanía Leyva.
