
Te voy a decir algo que no te va a gustar: nada en tu vida es más real que aquello que sostienes en tu mente.
La gente vive suplicando milagros mientras ensaya desgracias en su imaginación.
Creen que el mundo los hiere, pero son escultores ciegos tallando sus miedos en la materia.
Si te dijera que toda experiencia es una proyección fiel de tu estado interior, quizás te ofenderías.
Porque es más cómodo culpar a la suerte, al sistema, a los otros.
Pero la verdad arde: lo que aceptas como cierto en tu interior se convierte en mandato para tu realidad.
Esa es la ley oculta que nadie enseña en las escuelas: imaginar no es evadir, es dar órdenes al destino.
No hay promesa más grande que esta: si sostienes con fe viva la imagen de tu deseo, la vida se inclinará para obedecer.
No importa el pasado ni la apariencia actual; importa la convicción silenciosa que se cultiva cuando nadie te ve.
El mundo es un espejo impaciente esperando que cambies el rostro con que lo miras.
Recuerda: no hay cárcel más cruel que la imaginación corrompida ni libertad más pura que la imaginación redimida.
Si quieres transformar tu vida, empieza por velar celosamente las puertas de tu mente.
No porque sea fácil, sino porque es la única forma.
Al final, solo hay una ley y una promesa: tú serás aquello que te atrevas a imaginar como cierto.
